-¿Qué? ¿Dónde estoy? - El doctor miró a su alrededor y se encontró en el parque de la ciudad.
-Se supone que estaba a punto de operar a alguien, eso el lo último que puedo recordar... - Una risa llamó inmediatamente su atención y fue corriendo para encontrar a la persona que emitía el sonido.
El parque estaba muy verde, como solía estarlo en plena primavera, las flores eran enormes, el pasto tenía un tomo muy claro, el sol brillaba con mucha intensidad pero no se sentía calor alguno, sólo una brisa agradable resoplaba en la piel del doctor, caminó y encontró a su hija que se dirigía hacia él.
-Papi... ¿Te vas a quedar aquí a jugar conmigo? - Dijo la niña mientras jalaba la bata de su padre.
-No puedo hija, estaba a punto de hacer algo de suma importancia pero... Creo que me quedé dormido en el hospital. - Supuso el medico.
-Qué mal... Hace tiempo que no jugamos... ¿Por qué no estuviste conmigo cuando más te necesité?
Al doctor le llegó el recuerdo de cuando su hija murió, ella estaba en el hospital por haber consumido accidentalmente veneno, nada salió bien y la niña murió lejos de su padre.
-Porque los doctores no pueden atender a familiares, cariño, por eso no estuve contigo. - Se le llenaron lo ojos de lágrimas y estaba al borde del llanto.
-Pero papi... si hubieras estado conmigo no estaría aquí.
-¿Aquí?
-Sí, aquí, en el cielo, ¿quieres hablar con mami?
-Esta bien. - El doctor estaba convencido de que estaba en un sueño lúcido y que estaba soñando con su familia porque la extrañaba, así que sólo siguió el juego de su subconsiente que según él, era representado con su hija.
Caminaron agarrados de la mano y se encontraron con una mujer hermosa, que estaba sosteniendo una rosa blanca entre sus manos.
-Hola cariño. - Dijo la mujer en un tono alegre.
-¿Amor? ¿Qué haces aqui?
-Estamos esperando a que termine.
-¿Que termine qué? ¿A qué te refieres?
Suspiró la mujer -Miguel, desde que me fui de tu vida has cambiado demasiado.
-Sí, tuve que arreglarmelas para cuidar a nuestra hija sin ti, ya que falleciste en el parto.
-Lo sé, y desde aquí he visto que fuiste un excelente padre.
-Un excelente padre no hubiera dejado morir a su hija... - Comenzó a llorar.
-No te culpes por eso, fue sólo un accidente y ahora todos vamos a volver a ser felices, aquí, en el paraiso. - La mujer abrazó a Miguel quien entre sollosos le dijo al oído.
-No quiero perderte otra vez.
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